sábado, 23 de septiembre de 2017

El 19 de septiembre no se olvida, México




Después del temblor


Han pasado únicamente 4 días del sismo y se siente como si lleváramos mucho tiempo viviendo en paranoia. Una experiencia que nos ha dejado marcados a todos, de por vida, sin duda. Yo tenía sólo 5 años en aquel terremoto del 19 de septiembre de 1985. Los recuerdos de esa tragedia evidentemente son casi nulos, pero esta que nos ha tocado vivir 32 años después, sin duda se vive a pleno, con todo su desconcierto y a la vez con esa satisfacción que deja el ser testigos de tanta calidez y solidaridad. Hasta hace pocos días yo de verdad ya no tenía ni la más mínima fe en la gente. Ahora puedo decir que esa fe ha regresado al contemplar a amigos, conocidos y desconocidos moviendo lo que pueden, como pueden, para remover escombros, para donar y a su vez recolectar donativos, para agilizar traslados y apoyar a seres humanos y animalitos indefensos que se vieron terriblemente afectados por este suceso.

Es admirable darse cuenta de cómo ante las adversidades que la naturaleza nos puede presentar, podemos dejar atrás tanto odio y negatividad que venimos alimentando con todas las dificultades que atravesamos cotidianamente. Y aunque nunca falta el frijol en el arroz (sí, tampoco es miel sobre hojuelas, hay gente que es ojete ya porque así nació o así decidió ser por el resto de sus días), veo con entusiasmo cómo hay personas que sacan lo mejor de sí mismas cuando la desgracia cae de manera tan intempestiva en otros seres, cercanos o no.


La mamá de una de mis mejores amigas perdió la vida durante este terremoto. Ella estaba a su lado y aunque afortunadamente mi amiga pudo salvarse su mamá no lo logró. Y como ella misma lo dice, con esta prueba pudo confirmar que su madre no le dio la vida una vez "mi madre me regaló la vida, 2 veces" dijo. Por ahí leí que si esta experiencia no nos ayuda de alguna manera a salir del letargo en el que hemos vivido como sociedad, quién sabe qué otra cosa pueda hacerlo.


Esta es una invitación a ayudar y ayudarnos a nosotros mismos; a reflexionar, a crear conciencia sobre cómo la vida es tan efímera y de un momento a otro podemos perderlo todo. A que somos humanos, vulnerables y que no somos invencibles salvo cuando nos proponemos estar unidos para afrontar las pruebas duras y tristes que implican estar habitando el planeta tierra.

Hoy muchas familias que hace una semana estaban tranquilas, viendo TV en sus casas, regresando de sus trabajos, cuidando a sus hijos, ya no tienen más un lugar a donde llegar. En el peor de los casos perdieron a un ser querido y su vida jamás volverá a ser igual. Es entonces cuando nos parecen pequeños los problemas que por momentos veíamos enormes y que nos frustraban o paralizaban. Porque sabemos que hay cosas que verdaderamente son irrecuperables y que pueden causar un dolor permanente y muy difícil de superar.

Muchos queremos pensar que el próximo lunes todo volverá a la "normalidad" pero no. Para algunos quizás será así de cierta forma, pero el hecho es que nada es lo mismo ya, este es un momento de catarsis, es un momento de ver dentro de nosotros y pensar que no podemos ni debemos ser ajenos ante lo que sucede frente a nuestros ojos. Hay muchísimo por hacer, hay mucha ayuda que se seguirá necesitando, hay muchas emociones y heridas que no podrán ser curadas al cabo de tan sólo unos días. Y este será el verdadero reto. 
Sigamos al pendiente de lo que se necesita, de cómo podemos aportar algo bueno y positivo después de un golpe duro, un "zape celestial" que debe procurar que nos reconozcamos como la misma raza, como la misma familia que cuando se une puede más que cuando se separa por velar por sus propios intereses. 







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